Pedram Fanian, analista e historiador canadiense-iraní residente en Colombia, explica en SEMANA los detalles del conflicto en Medio Oriente.
Hace apenas unos días, la República Islámica de Irán parecía haber logrado lo impensable: reconfigurar la arquitectura de seguridad regional a su favor. Al conseguir que Estados Unidos firmara un Memorando de Entendimiento (MOU), Teherán obtuvo legitimidad diplomática, la perspectiva de obtener miles de millones de dólares, control sobre el tránsito por el estrecho de Ormuz y vía libre para mantener intactos su programa de misiles y su red de milicias aliadas (proxies).
El acuerdo, además, logró marginar a Israel y proyectó la imagen de un Washington dispuesto al apaciguamiento, llegando incluso a describir a la teocracia iraní como un actor “racional, fuerte e inteligente”.
La estrategia de guerra asimétrica desplegada por Irán antes del acuerdo constituyó un notable caso de éxito frente a un adversario militar muy superior. Al amenazar la estabilidad de los ricos Estados del Golfo y convertir el estrecho de Ormuz en un instrumento de presión, el régimen demostró su capacidad para imponer elevados costos económicos a sus adversarios mediante la desestabilización del mercado energético global.
De la realpolitik a la revancha
Sin embargo, tras la muerte de Alí Jamenei, los días de ceremonias de duelo y la intensificación de la narrativa chiita del martirio alteraron el cálculo estratégico del régimen. La lógica de la realpolitik fue desplazada por una retórica de revancha islamista cada vez más absoluta.

