Maluma es el paquete completo dentro de una industria cada vez más volátil.
Durante años, Maluma fue uno de los artistas más subestimados del urbano pop. Su imagen eclipsó su estrategia. Su popularidad generó desconfianza crítica. Pero mientras el debate giraba en torno a su estética o su “facilidad” musical, él construyó una carrera pensada para durar en una industria volátil.
Maluma no llegó al centro del pop global por accidente. Llegó porque entendió, antes que muchos, que hoy el éxito no depende solo de las canciones. Depende de imagen, consistencia, lectura del mercado y control narrativo. Pretty Boy de cara al público, estratega tras bambalinas.
Métricas que importan
Desde sus primeros hits, fue etiquetado como producto. Demasiado atractivo, demasiado popular, demasiado accesible. Sin embargo, esto dice más del recelo hacia el éxito masivo que de su propuesta artística. El antioqueño no intentó limpiar el reguetón ni convertirlo en algo “aceptable”. Solo ajustó el formato. Hizo del pop latino un lenguaje exportable sin borrar identidad, acento ni referencias culturales.
Los números de Maluma no son anecdóticos. Son estructurales. Tan solo en YouTube supera 20 mil millones de visualizaciones totales, cuenta con giras internacionales aclamadas, presencia constante en charts globales durante más de una década y puso a ‘Medallo en el mapa’. Todo ello, no se trata de picos virales. Se trata de permanencia.
En una industria obsesionada con la novedad, Maluma apostó por la continuidad. Canciones que funcionan en radio, plataformas, estadios y mercados distintos al mismo tiempo. Por ello, no es de extrañar que cada disco del artista cuenta con producciones icónicas: Obsesión (2012), Borró Cassette (2015), Felices los 4 (2018), Hawai (2019), Parce (2020), Según quién (2023); esto sin contar los EP’s: Días en Jamaica (2021) y The Love & Sex Tape (2022) y colaboraciones con artistas de diferentes géneros.
Estética, cuerpo y cultura pop
La imagen de Maluma no es un accesorio. Es parte central de su impacto cultural. Su forma de mostrar el cuerpo, de vestir, de performar la masculinidad, tensionó modelos tradicionales dentro del género urbano. No fue activismo. Fue exposición cruda y pura. Y en una cultura donde la masculinidad suele ser rígida, esa visibilidad tuvo peso simbólico. Su estética incomodó, sedujo y abrió conversaciones, incluso cuando no era su intención.
El romanticismo como fórmula global
El gran éxito del cantante es su lectura global del mercado. Maluma entendió el valor del romanticismo actualizado. Letras directas, deseo como eje narrativo y baladas urbanas que dialogan con la tradición. ¡Claro!, existe Cuatro babys, canción con la que le dieron “palo”, pero que mostró una faceta más “dirty” de su propuesta musical; en ese sentido, y entendiendo el auge del trap, evidentemente, el reggaetonero no es un artista de ruptura radical. Es un editor eficaz de tendencias. Mientras otros se desgastaron intentando reinventarse en cada ciclo, Maluma optó por ajustes graduales. Esta decisión estratégica, permite que el cantante conecte con diferentes audiencias y responda a los deseos de sus fans.
Tan solo en el último año, el cantante fue uno de los 20 más sonados en la radio colombiana; según datos de ACR Decibeles, Maluma fue programado 306184 veces en las emisoras del país. Su canción más sonada fue Cosas pendientes, seguida de Según Quien y +57, éxitos en los que muestra diferentes facetas, fusiones y colaboraciones distintas.
Un rostro global
Conforme pasan los años el cantante deja en evidencia que su carrera es gradual pero pensada. Colaboró con artistas anglo, entró a mercados dominados por el inglés y convivió con marcas globales sin diluir su identidad. Maluma no rompió la barrera idiomática ni creó la ola de aceptación; pero supo navegarla con precisión. Actualmente, el artista celebra su cumpleaños 32, de los cuales ha dedicado la mitad de su vida a ser un referente del urbano pop. Aunque no es el artista más más disruptivo de su generación; sí es uno de los más lúcidos.
Teniendo en cuenta que Maluma, entendió el timing, leyó el mercado, protegió su marca y convirtió el deseo en lenguaje global; es sin duda un Pretty Boy, Dirty Industry, dado que aprendió a moverse dentro de la industria sin perder el rumbo.
Por: Jenny Ramírez


