Los resultados de la investigación sugieren que podría ser necesario replantear los modelos actuales de predicción.
Una investigación de la Universidad de Lancaster (Reino Unido), publicada en la revista Nature, advierte que los efectos de los fenómenos extremos del clima espacial podrían ser mucho más graves de lo que se creía hasta ahora.
El clima espacial está provocado por las variaciones de los campos eléctricos y magnéticos que rodean la Tierra y su atmósfera superior. Estas alteraciones pueden afectar distintas tecnologías, tanto en el planeta como en el espacio, siendo las tormentas geomagnéticas los eventos más intensos y potencialmente más dañinos.
Estas tormentas son perturbaciones temporales del plasma y del campo magnético terrestre que pueden provocar fallas en las comunicaciones satelitales, interrupciones masivas del suministro eléctrico y alteraciones en los sistemas de navegación por GPS. Además, incrementan la exposición a la radiación de astronautas y pilotos que vuelan a gran altitud.
Durante décadas, la comunidad científica consideró que existía un límite en la respuesta de la Tierra a las tormentas solares. Según esa teoría, las corrientes eléctricas que se generan en la atmósfera superioraumentaban con la intensidad del viento solar, pero solo hasta cierto punto, tras el cual dejaban de crecer.
Sin embargo, el nuevo estudio plantea que ese supuesto límite podría no existir. Los investigadores sostienen que esta idea surgió por las dificultades para medir con precisión la intensidad del viento solar durante los eventos más extremos. Si esta hipótesis es correcta, las tormentas solares tendrían la capacidad de causar daños mucho mayores en la infraestructura tecnológica de lo que se había estimado.
“El campo magnético de nuestro planeta nos protege de gran parte de los efectos del clima espacial, por lo que normalmente estos fenómenos solo se manifiestan como fallos tecnológicos o espectaculares auroras boreales. Sin embargo, en situaciones extremas pueden provocar la caída inesperada de satélites o la pérdida de las comunicaciones y de las señales GPS”, explicó Maria Walach, autora del estudio e investigadora de la Universidad de Lancaster.
El viento solar consiste en un flujo constante de partículas cargadas que emana del Sol y cuya intensidad puede aumentar durante las erupciones solares. Hasta ahora, las observaciones indicaban que, a medida que este flujo se fortalecía, también crecían las corrientes eléctricas en la atmósfera superior terrestre, aunque solo hasta alcanzar un aparente punto de estabilización.
No obstante, el equipo de investigación sostiene que esa estabilización es solo una ilusión causada por la forma en que se obtienen las mediciones. La mayoría de los datos del viento solar durante fenómenos extremos provienen de naves espaciales ubicadas en el punto de Lagrange 1 (L1), situado a unos 1,6 millones de kilómetros de la Tierra, en dirección al Sol. Cuando ese viento solar finalmente alcanza nuestro planeta, suele haber perdido intensidad, lo que genera la falsa impresión de que la respuesta de la Tierra deja de aumentar.


